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Los nuevos
patrones de conducta alimentaria de los jóvenes en la sociedad desarrollada En los países desarrollados, especialmente a partir de la
segunda mitad del siglo XX, se ha producido un fenómeno nuevo originado
por la existencia de una gran abundancia de alimentos, lo que unido a las
rápidas transformaciones sociales y económicas de este período, ha
provocado una importante modificación de los hábitos alimentarios. Investigaciones recientes sobre el consumo de alimentos de
los escolares españoles destacan en sus conclusiones un bajo consumo de
legumbres, pan y patatas. En cambio, se incrementa la ingestión de
productos cárnicos y derivados transformados, de los alimentos precocinados y,
en general, de los productos alimenticios que necesitan una nula o escasa
manipulación. También se ha experimentado un aumento en el consumo de
productos lácteos en sustitución de las frutas y zumos y un incremento
en la ingesta de refrescos. Se percibe un abuso de bocadillos y
sándwiches, de salsas y de dulces industriales. También se ha constatado un cambio en
su patrón de gustos, que ha llegado a ser excesivamente salado. En cuanto a la preparación de los alimentos, se ha ido
evolucionando hacia la sencillez o nula preparación, la comodidad, la
rapidez, el uso de los fritos y de alimentos preparados a la plancha sobre
cualquier otro método culinario. Por otro lado, la forma en que ingieren
las comidas es poco saludable, ya que en muchas ocasiones se picotean
galletas, palitos de queso, palomitas de maíz etc., simultaneando con otro
tipo de actividades, como por ejemplo estar viendo un programa de televisión. En general, se comparte en pocas ocasiones la comida
familiar, decantándose por un tipo de productos de “entretenimiento”
que se consumen de forma habitual en sus actividades diarias, lo
que les aporta saciedad inmediata. El horario de comidas es muy laxo, y se
ha pasado de hacer 3/4 comidas a ingerir numerosas “tomas” de
alimentos de alimentos de menor volumen (8/10), generalmente grasos y
azucarados. Cuando comen fuera de casa, ingieren platos de elevado
contenido energético (fundamentalmente grasas e hidratos de carbono
simples), que además se suelen complementar con refrescos en sustitución
del agua. Últimamente, los hábitos alimentarios de la infancia y la
juventud española se están alejando de la dieta mediterránea,
aproximándose a unos nuevos estilos de vida más internacionales, que son
menos saludables. En este proceso de cambio tiene una gran influencia la
presión de las empresas alimentarias multinacionales, que utilizan los
medios de comunicación y la publicidad para promover el consumo de
ciertos alimentos, vinculándolos a determinadas conductas e incluso
estereotipos estéticos, aprovechándose de la gran importancia que se da a
la imagen en la sociedad actual. Los adolescentes, que están inmersos en profundos cambios
físicos y psicológicos, son muy susceptibles a estos mensajes por
varias razones: porque no tienen tiempo de asimilar tantas y tan
rápidas modificaciones, porque suelen sentir una gran preocupación
por su aspecto físico (pueden aparecer imaginarios complejos
atribuibles a la no coincidencia de su imagen corporal con los cánones de
belleza que impone la moda del momento) y, por último, por los
habituales enfrentamientos generacionales de este período (los jóvenes
utilizan el rechazo o el exceso de determinados alimentos como forma
de protesta ante los adultos).
¿Por qué es tan
difícil elegir los alimentos que nos aseguren una correcta alimentación? El acto de comer, además de permitirnos satisfacer las
necesidades nutritivas, nos proporciona sensaciones placenteras, ya que
el ser humano no come sólo para nutrirse. Por eso, no se puede entender la
alimentación humana sólo en términos de recomendaciones de nutrientes, gasto energético o tipo de dieta. Comer proporciona placer por varias razones: porque hace
desaparecer la desagradable sensación de apetito o hambre que sentimos
en el estómago; porque al cabo de un cierto tiempo de finalizar la
comida se experimenta una grata sensación de saciedad; y porque la
comida representa un goce para los sentidos. Se trata en suma de satisfacer
una necesidad, física, emocional y también estética, ya que “comemos por
los ojos”. Al realizar una comida se ponen en juego múltiples
mecanismos tanto físicos como emocionales, tanto personales como
sociales. Comer es un acto social, y todos sabemos lo poco y mal que se come
en solitario. Las emociones positivas y la buena compañía estimulan el
deseo de comer, mientras que las preocupaciones, las tensiones o la
soledad, reducen el apetito y pueden hacer sentar mal una comida. Frente a situaciones de ánimo deprimido, estrés o angustia,
muchas personas intentan superarlas comiendo, ya que al ingerir
alimentos (comúnmente dulces) sienten un placer inmediato, una
sensación de bienestar, e incluso de relajación y euforia, que neutraliza
temporalmente la angustia. En muchas ocasiones en las que se come sin
apetito, se trata de buscar, de manera inconsciente, no sólo una
sensación agradable sino un sustituto para otras necesidades afectivas, como
amor, compañía, autoestima, distracción, etc. No obstante, a la larga no
constituye un buen remedio (de manera puntual “a nadie le amarga un
dulce”), ya que si se convierte en un hábito, posteriormente se siente
remordimiento, se provoca un sobrepeso, y como es evidente, de este modo no
se resuelven las carencias afectivas. Los seres humanos, al igual que muchos animales superiores,
sólo ingieren un alimento si lo conocen anteriormente, o si
tienen la seguridad de que es comestible. A medida que vamos probando nuevos
alimentos a lo largo de la niñez, obtenemos información mediante los
sentidos sobre el color, el aspecto, el sabor, etc., y así vamos
creando una base de datos en la memoria cerebral. Pero comer también es
a veces recordar momentos vividos, porque en muchas ocasiones en el
archivo de un determinado alimento incorporamos información acerca
de las circunstancias agradables o desagradables que se dieron
durante la comida y que nos dejaron cierta impresión. Por eso, cada
persona tiene determinados alimentos que, al comerlos, le hacen recordar –
de manera inconsciente– situaciones, lugares, personas, etc. a los que
van ligados. Constantemente utilizamos los datos sobre los alimentos.
Dichos archivos son particulares de cada individuo o grupo
familiar, de manera que si nos ofrecen una comida que nos resulte habitual, pero
que, por ejemplo, tenga un color que no encaja en nuestra
descripción, lo rechazamos. Es lo que ocurre con los niños que no quieren la leche si no
está coloreada con el cacao, o la sopa si no es amarilla. También
les pasa a los adultos, sobre todo con los hábitos culinarios de otras
culturas que, por ejemplo, utilizan colorantes verdes o azules para el
arroz, etc., frente a los que a instintivamente sienten un rechazo, que sólo con
un esfuerzo de la voluntad se consigue superar. Este reconocimiento de los alimentos, que en el proceso de
la evolución humana constituía un mecanismo de precaución porque así se
evitaba la posibilidad de ingerir sustancias tóxicas, puede ser
deformado durante la crianza si a los niños se les ofrece una serie
muy reducida de alimentos, porque a la larga les conduce a rechazar
cualquier nuevo alimento, haciendo su dieta muy pobre, limitada y en consecuencia,
desequilibrada. Por eso, hay que insistir, aún a sabiendas de que van a ser rechazados en una primera instancia, para que los niños
prueben distintos alimentos y diferentes formas de preparación, evitando así
la monotonía y estimulando con ello su placer por la comida. Las personas no eligen sus alimentos de forma espontánea, ni
de acuerdo con sus necesidades fisiológicas, sino de manera
fijada por hábitos sociales. La comida además de satisfacer una necesidad
fisiológica, es un valor sociocultural, ya que el alimento no sólo es un
vehículo de nutrientes sino que adquiere diferentes connotaciones: - Sensoriales (color, olor, sabor, presentación) - Sociales (celebraciones de los principales hitos de vida,
relaciones) - Psicológicas (tradición familiar, afecto, deseo,
frustración) - Religiosas - Simbólicas (ritos, fiesta, diario) - Económicas (alimentos de pobres, de ricos, etc.) - Ecológicas (los alimentos son extraídos del entorno, del
ecosistema en el cual el ser humano es un eslabón) - Potencial de salud Otro problema al que se tiene que enfrentar la educación en
alimentación es la existencia de una larga lista de falsas creencias y
mitos que originan incorrectas pautas alimentarias. Para satisfacer nuestras necesidades de alimento no podemos
depender sólo de la intuición, frente a la gran cantidad de recursos
naturales y artificiales a nuestro alcance, sino que es necesaria una
adecuada preparación que nos permita, de manera informada, escoger los alimentos
de la dieta en función de nuestras necesidades. En resumen, los hábitos alimentarios humanos constituyen un
hecho no sólo individual sino también social, y están muy
arraigados porque han sido determinados por factores culturales, psicológicos,
sociales y económicos, y por ello, sólo es posible modificarlos
mediante la educación. Es necesario, un cambio conceptual y unos métodos, sin los
cuales no es posible asumir los conocimientos necesarios que lleven
a modificar hábitos incorrectos o a adquirir pautas de conducta
alimentaria adecuadas. Problemas de salud relacionados con la alimentación Desde principios de siglo hasta nuestros días las causas de
mortandad en la sociedad occidental han cambiado, evolucionando hacia
un incremento de las enfermedades degenerativas y crónicas, asociadas a
estilos de vida poco saludables, uno de cuyos aspectos más
relevantes son los que tienen que ver con la alimentación. La alimentación inadecuada es uno de los problemas más
graves en el mundo de hoy aunque se manifieste con diferentes
características. Por una parte, un 40% de la población mundial, en los llamados
países del tercer mundo, se dan problemas de desnutrición al no poder
conseguir los alimentos mínimos necesarios, siendo un 10% los que
sufren hambre crónica. En el extremo opuesto, en los países
industrializados, otro 40% de la población mundial dispone de todos los alimentos
que requiere pero no sabe realizar una selección correcta de los mismos,
lo que ocasiona una alimentación parcialmente carencial, con un
exceso de ciertos nutrientes en detrimento de otros fundamentales para
la salud, o incluso una sobrealimentación, con graves problemas de
obesidad. Una gran parte de las llamadas enfermedades de la
civilización tiene que ver, de una forma u otra, con la alimentación, y una de
cada tres muertes está relacionada con ella: enfermedades del
metabolismo (diabetes, gota), enfermedades cardiovasculares (infartos,
hipertensión), enfermedades del aparato digestivo (úlcera, cáncer),
alteraciones de la conducta alimentaria (obesidad, anorexia, bulimia), etc. De los diez factores de riesgo identificados por la OMS como
claves para el desarrollo de enfermedades crónicas, cinco están
estrechamente relacionados con la alimentación y el ejercicio físico: la
obesidad, el sedentarismo, la hipertensión arterial, la
hipercolesterolemia y el consumo insuficiente de frutas y verduras. Uno de los problemas más evidentes y preocupantes de nuestra sociedad de la abundancia, consecuencia de una inadecuada
alimentación, es la obesidad, en la que por su importancia nos vamos a
detener. La obesidad se considera actualmente, según la OMS, como la
epidemia del siglo XXI, porque la proporción de obesos está creciendo
tanto que más de 1.000 millones de personas adultas en todo el mundo
tienen sobrepeso, y de ellas, al menos 300 millones son obesas. En España, las cifras en este ámbito también son alarmantes:
el 12,8% de los españoles son obesos y el 36% presenta
sobrepeso. A uno de cada dos adultos le sobran kilos o está obeso. El caso de
los niños es igualmente preocupante, ya que la obesidad afecta al 15%,
cerca del 50% tiene sobrepeso y el fenómeno no hace más que aumentar. La obesidad tiene inevitables consecuencias negativas para
la salud como son: dificultades respiratorias, caries, posible
desarrollo de diabetes (la de tipo II asociada a la obesidad), hipertensión
arterial, eczemas cutáneos, artrosis en extremidades inferiores o ciertos
tipos de cáncer, así como trastornos psicológicos y anomalías del
comportamiento que ocasionan problemas graves de salud como la anorexia
nerviosa y la bulimia. Además, la obesidad puede reducir la esperanza de
vida de una persona hasta en diez años. Si el impacto que tiene la alimentación sobre la salud es
importante siempre para todos los individuos, lo es mucho más durante
la infancia y la adolescencia, porque además de afectar directamente a
estas etapas tan importantes de la vida, va a condicionar la salud de la
persona en su vida adulta. Así, se ha demostrado que muchas enfermedades
de los adultos, como por ejemplo, las enfermedades
cardiovasculares, tienen su base en errores de alimentación en la infancia. Además de los aspectos físicos, la obesidad conlleva
problemas psicológicos debidos a la distorsión de la imagen física del individuo,
que son más graves en los niños y jóvenes. Son frecuentes
problemas de falta de autoestima, dificultad para integrarse en el grupo
de iguales, negación a la práctica de actividades físicas para evitar
exponer el cuerpo a las miradas ajenas, rechazo de la auto imagen, ansiedad,
depresión, etcétera. No se acaba aquí la lista de efectos negativos, porque la
problemática social que representa la obesidad tampoco es despreciable,
sobre todo en la infancia y la adolescencia. A los obesos, por el
mero hecho de su apariencia, se les estigmatiza como faltos de
atractivo, estúpidos, vagos o antipáticos, son menos queridos, más rechazados y
sufren la burla de los demás, lo que les puede llevar a aislarse del
resto de la sociedad, a no querer ni asistir a clase, y a no relacionarse con
niños más pequeños. En los adultos, incluso puede llegar a darse
dificultad para encontrar determinados trabajos, etc. Las causas de la obesidad infantil son variadas porque se
trata de una enfermedad originada por múltiples factores, sociales,
fisiológicos, metabólicos, genéticos y psicológicos. Los expertos señalan
que un tercio de los casos de obesidad infantil son en realidad trastornos
psicológicos, cuadros de ansiedad que originan un círculo vicioso, porque
si los niños están ansiosos, comen más y como van engordando, se
sienten más angustiados, y siguen comiendo, es decir que “la
ansiedad es causa y consecuencia de la obesidad”. No obstante, la combinación de una alimentación inadecuada
en cantidad y tipo de alimentos, y la tendencia a realizar menos
actividad física, así como dedicar mayor tiempo a actividades sedentarias,
explica en parte por qué se ha duplicado en nuestro país la obesidad
infantil en los últimos 15 años. Por tanto, se puede decir que los malos
hábitos de alimentación y un estilo de vida sedentaria son los factores
responsables. Las autoridades sanitarias españolas están tan preocupadas
por la obesidad y los hábitos dietéticos infantiles que lo
consideran un auténtico problema de salud pública. Por ello, desde el Ministerio de
Sanidad y Consumo se ha elaborado una Estrategia para la Nutrición,
la Actividad Física y la Prevención de la Obesidad (NAOS), cuyo
principal objetivo es mejorar los hábitos alimenticios, promover una
alimentación saludable e impulsar la práctica regular de actividad física
entre los ciudadanos, sobre todo en la población infantil y juvenil. Como ya se ha dicho anteriormente, los actuales cambios en
los hábitos alimentarios incluyen una dieta desequilibrada y
excesivamente calórica, rica en grasas, azúcares sencillos y pobre en verduras,
legumbres, frutas y pescado. Además, se ha incrementado el consumo de
productos ricos en ‘calorías vacías’ (bollería industrial, golosinas,
snacks y bebidas azucaradas), a lo que se une el hecho generalizado de que
muchos niños y adolescentes omiten el desayuno, una de las comidas
más importantes del día, directamente implicada en la regulación del peso. La familia también juega un papel trascendental en este
problema porque ciertos errores dietéticos de los padres, como: la
obsesión de que el niño coma mucho, convertir la comida en premio o castigo,
festejar la buena conducta con golosinas u otros alimentos calóricos,
celebrar los acontecimientos de la vida del niño en establecimientos con
“comida basura”, permitir el consumo casi diario de chucherías,
bollería y bebidas azucaradas, y recurrir con frecuencia a la preparación de
platos precocinados por falta de tiempo, puede repercutir, entre otros en el aumento de peso de la población infantil. El otro factor con mayor influencia determinante de la
obesidad, como ya hemos dicho, es el sedentarismo, una característica
generalizada del estilo de vida actual. Los niños pasan la mayor parte de
su ocio en torno a la televisión, el ordenador y los videojuegos, y
en cambio, han disminuido considerablemente la actividad física que
suponían los juegos al aire libre, las excursiones, las prácticas deportivas,
etc. Se ha demostrado, además, que los dos problemas se
autorefuerzan, ya que en muchas de las horas que pasan delante de la TV se
entretienen consumiendo alimentos calóricos (patatas fritas, chucherías,
palomitas…), entre otras cosas, porque los anuncios publicitarios inducen
a que los niños adopten malos hábitos alimentarios. La otra cara de la moneda es la obsesión por el peso
corporal ligado a una excesiva preocupación estética por la propia imagen,
que se manifiesta con mayor intensidad en la adolescencia,
principalmente en el sexo femenino, que puede llevar a problemas tan serios
como la anorexia o bulimia. Se trata de problemas mentales que se
traducen en alteraciones del comportamiento alimentario y que, como ya
hemos dicho, afecta fundamentalmente a las adolescentes (a razón
de 9 de cada 10). Otro trastorno, no tan grave pero con una enorme incidencia,
es la caries dental, considerada la enfermedad más frecuente en
los países desarrollados, ya que afecta a un 80% de la población
escolar. Este problema, provocado por la fermentación bacteriana de los azúcares
presentes en los alimentos, genera diversos ácidos que producen una
desmineralización progresiva del esmalte dentario, lo que se agrava aún más con un consumo excesivo de azúcares. Los hábitos alimentarios inadecuados, además de alterar
nuestra salud, pueden tener efectos negativos sobre el medio ambiente,
influyendo negativamente sobre los pueblos no desarrollados, que no dejan de sufrir
constantemente las consecuencias de nuestro excesivo consumismo.
Las ventajas de
una dieta equilibrada Vivimos más años que nunca. Como ejemplo se puede decir que
a mediados del siglo XIX, la esperanza de vida era de 40 años;
hoy, en España llega casi a los 80 años. No obstante, no basta con
vivir más años, sino que éstos estén dotados de calidad de vida, para
lo cual es preciso potenciar la salud. ¿En qué medida puede la dieta alimentaria contribuir a una
vida larga y sana? Una nutrición adecuada a cada etapa de la vida es
imprescindible para mantener un buen estado de salud. Mediante una dieta
equilibrada es posible: prevenir enfermedades, favorecer la mejoría de
las ya existentes, mantener el peso ideal, asegurar un crecimiento
y un desarrollo armonioso, y conseguir un bienestar físico y mental. Una alimentación es saludable si cumple las siguientes
condiciones: cubre las necesidades energéticas (es suficiente), contiene
todas las sustancias nutritivas en una cantidad óptima según las necesidades
específicas de cada uno (es completa), los nutrientes se obtienen en una
proporción equilibrada (es equilibrada), carece de sustancias nocivas
(es segura). No hay ningún alimento que contenga todos los nutrientes en
la cantidad mínima necesaria, por ello hay que saber seleccionarlos para
que se equilibren entre sí. La variedad asegura un adecuado
aporte de los diferentes nutrientes y además evita el acúmulo de un determinado
contaminante. Dichas características pueden atribuirse a la dieta
mediterránea que incluye: cereales, legumbres, verduras, hortalizas, frutas,
leche, queso, pescado, carne con moderación y el aceite de oliva como
grasa. Por otro lado, no hay que olvidar que el sabor y
presentación de los alimentos deben cuidarse para que resulten agradables, y
deben consumirse en un ambiente físico y social grato. De esta manera se
abarcan todos los aspectos que intervienen en cualquier ámbito de
salud: los físicos, los psicológicos y los sociales.
Información extraída del
Portal
del Ministerio de Educación, Política Social y Deporte.
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