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Orientaciones
metodológicas
La enseñanza de la educación alimentaria debe tener en
cuenta las aportaciones
de la Psicología Cognitiva acerca de cómo las personas
aprendemos
y las condiciones que se requieren para que se produzca un
cambio
conceptual, actitudinal y procedimental, tanto en los
conocimientos
socialmente organizados como en aquellos otros que son de
carácter
más individual y cotidianos. Todo ello condiciona el binomio
cómo se
aprende/cómo se enseña, y existen algunas matizaciones
metodológicas
que conviene resaltar. Distinguiremos dos dimensiones, las
estrategias
de aula y las estrategias de centro.
Orientaciones
en el aula
Son varias las consideraciones que debemos tener en cuenta,
tanto en el
plano conceptual como en el procedimental y en el
axiológico.
Conceptualmente, son muchas las facetas que deben ser
tenidas en
cuenta al desarrollar los programas escolares referidos a la
alimentación.
No se trata únicamente de saber cómo funcionan y qué órganos
constituyen
el aparato digestivo sino de examinar todos aquellos
factores que
intervienen en la construcción de nuestra idea de
alimentación. Así, el
hilo conductor que se establezca para el estudio de la
alimentación debe
atender además a los siguientes contenidos conceptuales:
- La importancia de los medios de comunicación y de la moda
en nuestras
conductas.
- Los aspectos beneficiosos del ejercicio y del deporte en
la construcción
de una imagen externa, en el mantenimiento de una
determinada
figura corporal y en la consecución de un determinado grado
de
bienestar.
- La cultura en la que vivimos en la que se fomentan y
permiten ciertas
conductas poco beneficiosas (comer entre horas, abuso de
pastelería
industrial, etc.)
- Los conceptos de salud, bienestar, autonomía, equilibrio
personal, solidaridad,
etc. sobre los que se basa una visión global de la
alimentación.
En cuanto a los procedimientos debemos tener en cuenta que
la transmisión
de la información a un alumnado que actúa de receptor pasivo
no es válida, los estudiantes deben sentirse protagonistas
de su aprendizaje
en cuanto a qué, cómo y por qué estudiar ciertos temas y
tratar de
adquirir determinadas habilidades de interés en la vida
cotidiana. Los
estudiantes deben ser motivados e impulsados a construir sus
propios
significados y a elaborar sus propios criterios. Así, las
estrategias didácticas
a utilizar deben ir encaminadas a:
- Presentar problemas de salud, en concreto de alimentación
y consumo
que sean relevantes y sentidos por el alumnado, tanto en el
ámbito
personal como social y colectivo (mala distribución de
alimentos
en el mundo, problemas causados por el hambre y por la
obesidad,
etc.)
- Identificar las ideas, conductas, valores y actitudes
previas del alumnado
acerca de la alimentación, los nutrientes, la importancia
del entorno,
etcétera.
- Poner en cuestión las ideas alternativas del alumnado,
presentando las
nuevas aportaciones de las ciencias médicas y sociológicas.
- Introducir paulatinamente nuevos conceptos, cada vez de
mayor
complejidad cognitiva, atendiendo al grado de madurez de los
estudiantes:
alimento, nutriente, proceso digestivo, etc.
- Usar las nuevas ideas en un amplio abanico de situaciones
que le permitan
aplicar lo aprendido, entender la realidad y resolver
conflictos
de salud y alimentación (identificar nutrientes,
confeccionar dietas
saludables, etc.)
En el plano axiológico debemos recordar que si los
conocimientos de
salud no se ponen en práctica y no se convierten en hábitos,
la educación
para la salud no tiene eficacia. Se requiere generar las
actitudes
apropiadas para hacer funcionales los conocimientos, por lo
que no es
una cuestión baladí dedicar el tiempo necesario para generar
actitudes
positivas hacia una alimentación equilibrada y solidaria.
Ahora bien, sabemos que en muchas ocasiones no es suficiente
tener
los conocimientos y actitudes adecuados. Es necesario que
existan en el
ambiente los factores necesarios que favorezcan una
determinada conducta,
por ello, debemos procurar la existencia de los elementos
que
faciliten y refuercen las conductas saludables fruto de las
decisiones personales
adoptadas. Tener en cuenta la dimensión actitudinal
significa:
- Atender a los intereses y motivaciones del alumnado en la
elección
de los contenidos a tratar.
- Un cambio en la metodología de trabajo en el aula. Cuando
los alumnos
se implican en actividades de investigación se sienten más
motivados
por aprender las cuestiones sobre las que están trabajando.
Es
más, una de las mejores formas de aprender actitudes es a
través de
la experiencia directa con el tema en cuestión.
- Un cambio en la visión que puede tener el profesorado
sobre sus
alumnos y alumnas, pues todos tienen cualidades suficientes
para llegar
a ser ciudadanos responsables y críticos.
- Ser conscientes del ejemplo que se da al alumnado pues las
actitudes
se aprenden por la influencia que ejercen las personas que
consideran
importantes.
- Procurar un clima de aula positivo para la generación de
actitudes.
Para ello, las actividades y tareas en grupo son las más
adecuadas,
siempre que el alumno se sienta implicado en la situación de
aprendizaje.
- Utilizar las técnicas adecuadas para promover un cambio de
actitudes
en las que se procure la generación de sentimientos
positivos (de
agrado) o negativos (de desagrado) ante el problema a
tratar, como
son: las técnicas de participación activa (el role-playing,
la discusión en
grupo; los diálogos, los debates, las exposiciones en
público); las técnicas
de modelado que se fundamentan en el hecho de que las
personas
aprendemos observando e imitando; las técnicas de
clarificación
de valores (diálogos clarificadores, la hoja de valores, las
frases
incompletas, la escala de valores, etc.).
- Desarrollar la capacidad en el alumnado de tomar
decisiones. La toma
de decisiones ante un determinado problema, su ensayo en el
aula y
su puesta en acción fuera de ella, en la medida de las
posibilidades, es
el último paso en la secuencia de la enseñanza/aprendizaje
de actitudes.
Esta es una forma de contribuir a que sean capaces de
reflexionar
sobre sí mismos, acerca de sus actitudes hacia ciertos
problemas
existentes para ellos y para la sociedad y cuáles son sus
habilidades,
conocimientos y deseos.
- Incorporar los aspectos actitudinales en la evaluación y
en la calificación,
pues el alumnado no considera aquello que no es evaluado.
Orientaciones
para el centro
Transversalidad
Un adecuado desarrollo de la educación alimentaria requiere
de la participación
del profesorado del centro, ya que no es posible tratar
desde
una única materia todos los contenidos referidos a la
alimentación, ni
desde el punto de vista conceptual, ni procedimental ni
actitudinal. Se
necesita una visión pluridisciplinar para abordar temas que
son globales.
Pero la transversalidad significa un grado mayor de
implicación del profesorado,
pues se requiere un acuerdo en la programación, contenidos,
metodología y evaluación. Ello implica:
- Una reflexión conjunta sobre lo que significa enseñar
salud y los factores
que intervienen en una correcta alimentación.
- Tener en cuenta las ideas, valores y conductas
alimentarias que posee
el alumnado.
- Establecer un currículo sobre alimentación basado en las
necesidades,
motivaciones habilidades y madurez del alumnado, así como de
las exigencias sociales.
- Establecer relaciones entre las capacidades a fomentar
entre el alumnado,
los contenidos seleccionados, las actividades programadas y
las
asignaturas que participan.
Participación
de la familia
Es imposible un aprendizaje efectivo en el alumnado si en
las aulas se
enseña unas cosas y en el seno de sus familias se practican
otras diferentes.
Se necesita un acuerdo entre profesorado y los padres en los
objetivos
que se pretenden conseguir, en las estrategias a desarrollar
y en los
elementos reforzantes de la conducta a considerar.
Consideración
de la Escuela como Promotora de Salud
Consiste en una visión social de la escuela en la que el
grado de participación
en los problemas de su entorno es máximo, al mismo tiempo
significa
un alto nivel participativo y de concienciación del
alumnado. Para
conseguirlo se requiere: a) la colaboración intersectorial,
de manera que
se impliquen personal sanitario y agentes sociales en el
proyecto del centro
educativo; b) considerar al alumnado como agentes activos de
salud,
de forma que las acciones que se lleven a cabo no terminen
en el aula
sino que transciendan fuera de la escuela procurando una
mejora en el
entorno y un cambio en los estados de opinión; c)
participación en proyectos
comunitarios, para que el centro no viva de espaldas al
resto de
la comunidad.
En resumen, se necesita un enfoque interdisciplinar que
aporte una
visión global de los problemas, y una actuación
intersectorial (familia,
personal sanitario, agentes sociales, etc.) de manera que
ofrezca un análisis
desde distintas perspectivas y una colaboración en la
búsqueda de
respuestas, actuando, no sólo en el aprendizaje del
alumnado, sino en el
intento de modificar su entorno haciéndolo cada vez más
saludable.
Esta cooperación entre los distintos sectores implicados
multiplica la
eficacia de las acciones promotoras de salud.
Información extraída del
Portal
del Ministerio de Educación, Política Social y Deporte.
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